El experimento Tuskegee, el horror por el que Bill Clinton pidió perdón

Entre 1932 y 1972, 600 personas del condado de Macon, Alabama, EE.UU fueron parte de un siniestro experimento denominado “Experimento Tuskegee”.

A cambio de comida, tratamiento médico, casa y seguro de muerte, cientos de aparceros afroamericanos cayeron en la trampa de un grupo inescrupulosos de médicos, que con el fin de lograr “la gloria”  violaron todos los derechos humanos que una persona puede tener.

El experimento Tuskeguee capto a 399 varones afroamericanos enfermos de sífilis y a 201 varones sanos, a finales de los años 20´.

A los que estaban enfermos les dijeron que tenían mala sangre (Bad blood). Y con la esperanza de ofrecerle tratamiento gratuito los usaron de conejito de indias.

El mentor del experimento fue el doctor Talia Ferro Clark, que descontento con la metodología implementada renunció al proyecto al cabo de un año. Dejando a su cargo al Doctor Oliver Wenguer.

Los pacientes recibían una carta en las que se les notificaba que se trataba de “la última oportunidad para tener acceso a un tratamiento especial gratuito”.

Pero el tratamiento en cuestión no era más que una “punción lumbar” para detectar la enfermedad. Sin ninguna terapia o medicación.

El experimento buscaba observar la progresión natural de la sífilis,  y determinar si los beneficios del tratamiento, que para ese momento, lo único que había era demasiado toxico o dañino para el cuerpo humano, valía la pena.

Así como también reconocer las diferentes etapas de la enfermedad para desarrollar tratamientos adecuados a cada una de ellas.

Pero en 1947, llega el verdadero problema, cuando finalmente se empieza a difundir que la penicilina era el tratamiento adecuado para tratar la enfermedad, y con esto, el experimento concluiría. Claro que no fue lo que paso.

Porque se continuó con el plan de estudio ignorando, que existía “La cura” y administrándoles  un placebo a los pacientes infectados.

Ni siquiera cuando varios de ellos fueron convocados para alistarse en la segunda guerra mundial, le suministraron penicilina, y adujeron que los pacientes “Ya recibían el tratamiento correcto”.

Entre los años 30 y 40, a raíz del destape de la experimentación nazi durante el holocausto. La situación mundial había cambiado.

Sin embargo el doctor John Heller, director de la división de enfermedades venéreas del servicio público de salud, no interrumpió el experimento, a pesar que no cumplía con ninguna norma.

Entre el personal que formaba parte del estudio se encontraba Eunice Rivers, una enfermera afroamericana que trabajó como ayudante del Dr. Vonderlehr.

Una de sus funciones primarias era la de convencer a sus vecinos de participar del experimento, y durante mucho tiempo fue la única que tuvo contacto directo con las victimas a lo largo del estudio.

En 1964 la OMS obligó a que todos los experimentos con humanos tuviesen el consentimiento expreso de todos los participantes, aún así, lo ocurrido en Tuskegee, no se revisó.

Luego de que pasaran años Peter Buxtun, investigador de enfermedades venéreas del servicio público de salud, denunció la situación al CDC (centro de control de enfermedades). Quién hizo caso omiso y se negó a iniciar una investigación.

Luego de repetidas denuncias, sin respuesta  Buxtun presentó el caso a la prensa.

El artículo publicado en 25 de julio de 1972 en el Washington Star marcó el principio del fin del “Experimento de Tuskegee”.

La historia fue reflejada al día siguiente en la tapa del New York Times y generó un caos político, con audiencias públicas en el Senado de EEUU, llevando a que el CDC  de una vez por todas finalizara el estudio.

Los resultados de este experimento humano fueron monstruosos:

  •  De los 399 participantes, 128 había muerto por sífilis o sus complicaciones directas.
  •  Al menos 40 mujeres, que habían sido parejas de las víctimas, se contagiaron de la enfermedad.
  •  Por lo menos 19 niños sufrieron de sífilis congénita.
  • Muchas de las víctimas terminaron ciegos y algunos sufrieron demencia, dos de las graves complicaciones de la sífilis tardía.

Cuando el experimento salió a la luz pública, el Dr. John Heller defendió resueltamente la ética médica del estudio, afirmando:

“La situación de esos hombres no justifica el debate ético. Ellos eran sujetos, no pacientes; eran material clínico, no personas enfermas”.

“Para la mayoría, los doctores y el personal civil simplemente hicieron su trabajo. Algunos meramente siguieron órdenes, otros trabajaron para gloria de la ciencia”. Dijo en su momento

Para cuando finalizó el experimento, en 1972  solo 74 participantes originales, quedaban vivos .Tanto ellos como las familias del resto de víctimas se repartieron nueve millones de dólares de compensación

En 1997, Bill Clinton ofreció disculpas a los 8 sobrevivientes y a las familias de los fallecidos. Fue un día como hoy, un 16 de mayo.

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