Vení, chiquito

“Vení, chiquito” dijo el 13 de diciembre de 2014, rodeada de todos esos cosos que se largaron a aplaudir porque están convencidos que ése es su trabajo y lo bien que hacen porque sí, ése es su trabajo: sentarse cerquita del poder; aplaudir el delirio para rascar algo de ahí en nombre de la patria grande, la liberación nacional, los derechos hunmangos y la soberanía del coso. Ella hablaba como siempre de su sufrimiento personal, de lo difícil que le era todo, de coso, con ese tono tan artificial de película argentina de los ’50 usando conceptos como “letras de molde”, un personaje de mala de una novela de Nené Cascallar.

Y ordenó: “¡Vení, chiquito!”. Todos pensaron que le hablaba al entonces ministro de economía, Axel Cosito pero no. Chiquito no era Axel Cosito. Bueno, sí, también, Axel Cosito es chiquito pero para ella “chiquito” es todo. Ella piensa chiquito. Hasta cuando dice “vamos por todo” ese “todo” es un todo chiquito. Ella reduce todo. En ella, todo lo que no es ella, es menor. Cristina nos cuida. Cristina nos quiere. Cristina es buena. Por eso se dice “vicepresidenta” o “ex presidenta” y no se dice delincuenta.

Se autopercibe gigantesca, amante de Belgrano, arquitecta egipcia, liberadora de la Patria Grande. Por supuesto, víctima y sufrida, madre de Dragones, última Coca Cola del desierto de los pobres. Bueno, no.

Es chiquita y piensa en chiquito; lo que no sería demasiado grave si no fuese que tiene encandilados a millones de habitantes de este país cada vez más chiquito, a su medida ruin y cicatera.

Convertir a un país de 2.780.400 kilómetros cuadrados, un país que es el más grande de habla hispana, un país que tiene la segunda extensión de América Latina y el octavo en el mundo en algo chiquito es una tarea que a ella le está llevando años pero como buena mechera intergaláctica que es, no se amilana y sigue. Tiene una corte de los milagros que, como ya se ha dicho, saliva cual perros de Pavlov cuando la escucha conferenciar sobre neoliberalismo, lawfare y otras leyendas urbanas. Como los perritos del fisiólogo ruso, la corte de los milagros que la sigue sabe que a esas palabras las acompaña un revoleo de bolsos con destinos eclesiásticos. Se humedecen pensando en sus nuevas mansiones con bóvedas ahí donde todos tenemos bibliotecas.

Convertir a un país de 40 millones de seres humanos en un coto de caza privado para pasearse en él con carteras Dior y bolsos Hermé se ha convertido en aspiracional para sus seguidoras, las mayrasmendozas que le iban a pedir a Putin (¡A Putin!) que las liberase de los infortunios de la dictadura macrista para poder volver al poder y lucir sus camperitas Cher de más de cuatro bonos para médicos en pandemia; las anabelesagastis que creen que un ladrillo es una piedra preciosa; las ravertas de la vida, siempre dispuestas a apabullar con discursos vacíos cualquier pregunta concreta. Una manera como cualquier otra de hacer todo más chiquito, cada vez.

A propósito, es bueno que sepamos que lo que hacen las mayrasmendozas, las anabelesagastis, las ravertas de la vida no es ni original ni nacional aunque sí bastante popular. Se trata de contestar a las preguntas con una serie rápida de muchos argumentos engañosos, medias verdades y tergiversaciones en poquito tiempo, lo que hace que sea imposible para el oponente refutarlos todos. Lleva mucho espacio rebatir cada punto, verificar cada afirmación y al final terminan ganando por prepotencia verbal. Se puede ver en cada entrevista de estas gentes que nunca, nunca, nunca ponen un punto cuando los están entrevistando, no dejan espacio para la repregunta.

En los últimos días cualquier aparición del Dr. Arnaldo Dubin de la ex prestigiosa S.A.T.I. esparciendo terror sobre la población, usa este método. Se llama “Gish Gallop” (El Galope de Gish) en honor a Duane Gish, un “creacionista” (los que niegan la evolución y creen que el hombre nació de un acto divino) que entraba a mentir en los debates y no había quién lo parara. También podría llamarse “pura verdura”. Para funcionar, necesitan que la audiencia tenga un conocimiento chiquito sobre los temas. Por eso cada vez la educación del país es más chiquita.

El verdadero problema es que esa obsesión chiquita por lo chiquito termina contaminando la vida de todos, haciéndola insoportable por limitada, por escasa, por insuficiente, porque ya no cabemos en tanta pequeñez.

Ejemplos de esta mancha voraz de pequeñez, abundan.

El último que tenemos a mano es el ministro Coso Arroyo, el que paga lo que le pidan por los fideos total la plata no es de él, que se mostró optimista porque, asegura, en los últimos tiempos “aumentaron las changas”. Que crezca lo chiquito es parte del plan. No hablamos de autopistas, no hablamos de diques. Hablamos de una capa de Ceresita para la humedad del baño. No hablamos de una incubadora de proyectos digitales con personal formado trabajando desde Jujuy o Comodoro Rivadavia para todo el mundo. Hablamos de una bordeadora para cortar el césped de una casa que se viene abajo. El ministro está contento porque todo será chiquito. Y ya prepara bolsones comprados sin licitación de lentejas y fideos con gorgojos. “Vení, chiquito” en acción.

El European House Ambrosetti tiene un índice de atracción global, que verifica el potencial de un país para ser competitivo y atractivo a la inversión extranjera. Mide 144 países. En 2019 Argentina estaba en el lugar 73. En el 2020, en el puesto 92. Más de 20 puntos caímos en un solo año. Brasil, Chile y México son los que encabezan el ranking latinoamericano. Argentina comparte grupo con países africanos. Para allá vamos, chiquitos.

El presidente Coso, el pasante que eligió la presidenta vice, el correveydile de su plan de impunidad, venganza y choreo, contribuye día a día con la campaña “vení, chiquito”. A diferencia de Midas que convertía en oro todo lo que tocaba, lo que el Presidente Coso toca, lo achica, lo banaliza, lo degrada, lo hace un bollito y lo lanza como palabra presidencial.

Todos los días el Presidente Coso hace el país más chico.

Cuando le regala un perro a una señora que encontró a su hijo muerto.

Cuando proclama que “a algunos les duele renunciar a los privilegios” siendo que es parte del reducido y privilegiado grupo que no renunció a ningún peso de su sueldo, viviendo cómodamente en su mansión y con todos sus gastos pagados por una ciudadanía “privilegiada” que vio achicar su sueldo, su jubilación, su vida. Con el detalle no menor de que la decisión de mantener el privilegio del dueño de Dylan es pura y exclusivamente del dueño de Dylan a quien evidentemente le duele y mucho renunciar a sus privilegios.

Cuando le envía a las 19.29 un mensaje de texto a un adversario político, jefe de una ciudad a la que a las 19.30 por televisión le sacará miles de millones de pesos.

Cuando invita como escenografía a los intendentes para que se sienten con la boca tapada a sus espaldas sin avisarles de qué va la cosa.

Cuando siente “pudor” porque la capital del país que está achicando muestra algún reflejo de belleza.

Cuando se viste de Robin Hood para sacarle las papas del horno al chiquito cada vez mas chiquito que no sabe cómo fue que se encontró manejando una provincia que produce naranjas y mandarinas aunque no sepa cuál es cuál porque al final las dos son redondas y tienen gajos.

Miren lo que ocurre cuando el Presidente Coso sentencia: “Muchas veces el que delinque lo hace porque no encuentra un futuro o una alternativa mejor que el delito”. Comete dos actos de barbarie de una sola vez: por un lado le saca al país millones de kilómetros cuadrados, nos achica a todos, en especial a quienes lo votaron, quienes hoy caen en la cuenta de que eligieron a alguien que los obliga a vivir en un país empequeñecido al sugerir que la honestidad es una opción y encima, inalcanzable, lo que justifica su ausencia. Y por el otro lado, se corre de -si aquél postulado desafortunado fuese cierto, que no lo es- su responsabilidad, que no es otra más que conseguir un futuro o una alternativa mejor que el delito.

El plan de hacer de este país que puede ser grande y hermoso, una Costa Pobre sin importancia global alguna, desconectado de su tiempo y de su espacio es todo chiquitaje ideológico apoyado por científicos que arden de desesperación de perderse sus migajas; artistas autopercibidos importantes y revolucionarios; empleados estatales prepotentes de déficit fiscal eterno; sindicalistas afines a la extorsión y al cargo perpetuo; empresarios de contratito oficial siempre dispuestos a aplaudir a cambio de que su nombre no aparezca en ningún cuaderno de la corrupción; jueces que cambian la toga por el tongo; en fin, un círculo que debería deber su rojo a la vergüenza, si es que supieran de qué se trata eso.

El país es más chico cuando Lázaro Báez elige algunas de sus quichicientas casas para pasar la noche.

El país es más chico cuando la presidenta del Senado le dice a la oposición “¿para qué querés saber cómo es la ley si total la votás en contra?”.

El país es más chico cuando se ponen de acuerdo para hacer que todos seamos cada vez más pobres y disfrazan eso de igualdad.

El país es más chico cuando, por pura impericia de funcionarios disfuncionales, abrís la canilla y sale algo entre barro, caca y lavandina.

El país es más chico cuando una docena de países desmienten al Presidente Coso por bravuconear con filminas mentirosas.

El país es más chico cuando se chantajea al ciudadano con la mirada triste de los chicos en las tomas de tierras, sin hacerse cargo de esas miradas, de esos chicos pobres, creyendo que dejarlos agonizar bajo esas bolsas de nylon es hacer justicia e irse después, muy orondos con su conciencia tranquila, los progresistas, a seguir escuchando en sus equipos con bluetooth canciones de “Cuando tenga la tierra te lo juro semilla” mientras descorchan un vino de 700 pesos en departamentos coquetos que jamás dejarían tomar por familias carenciadas.

El país es más chico cuando Rosario tiene más muertos por sicarios que por COVID 19 y un intendente del conurbano habla de drogas en ambulancia y no pasa nada. ¿Queda claro? No pasa nada.

El país es más chico cuando los más instruidos se van; cuando los soñadores no pueden soñar; cuando los aviones no vuelan; los negocios cierran; las aulas quedan vacías; la policía mata y tortura bajo el paraguas de la cuarentena que no existe; cuando las empresas grandes se van, las chicas mueren y las extranjeras ni piensan en venir; cuando después de seis meses de encierro está entre los 3 del mundo con mayor caída del PBI, con 25 % de desocupación, 55 % de pobreza y en el top 10 de los países más contagiados del mundo.

Están intentando hacer un país chiquito a toda costa. O mejor, a nuestra costa. Lo vemos día a día, lo escuchamos en cada declaración oficial que intenta condenarnos a una tierra arrasada, manejada a plan y agua.

Un país chiquito deja afuera a mucha gente, muchos sueños, muchas vidas. Será la hora de contestar “no, chiquito, no”.

Este puede ser no sólo un país grande sino también un gran país, inscripto en una tradición de trabajo, de esfuerzo y de alegría. Millones de argentinos, que nada tienen que ver con los delirios de ¿chiqueza? de los gobernantes, quieren y merecen vivir a lo grande.

Eso sí, no parece quedar mucho tiempo porque los achicadores vienen decididos, como anunciaron hace años, a reducir cada libertad, a empequeñecer cada logro, a rebajar Argentina al tamaño de sus propias miserias. Todo indica que, aunque cueste, aunque no quieran, ha llegado la hora de agrandarse.

Por: Osvaldo Bazán

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