Una sociedad que va perdiendo ambiciones

Argentina se está acostumbrando a vivir en la incertidumbre; ya no sólo de lo que ocurra con la pandemia y la cuarentena en el país, porque, al margen de esas dos situaciones críticas, la vida cotidiana se convirtió en un manojo de inestabilidad y de falta de previsibilidad.

El contexto político no ayuda en nada. Se ha perdido todo atisbo de normalidad, y esto poco tiene que ver con el distanciamiento social o con el uso del tapaboca. De pronto, hay una reconfiguración de lo que se conocía como estado de Derecho o contrato social.

Hay un sector de la sociedad que se siente discriminado, castigado y sentenciado por el mero hecho de no querer perder las condiciones de vida a las que estaba acostumbrado, como si la búsqueda del bienestar a partir del esfuerzo y del trabajo estuviera mal vista. O, incluso, peor que eso: desde la clase dirigente baja un mensaje peligroso y que señala a aquel que pretende trascender como el culpable de las desgracias ajenas, lo hace responsable de miserias que construyeron las diferentes gestiones de gobierno y que se encargaron de profundizar a tal punto que la pobreza se tornó una idea romántica, mística.

Ese discurso y la falta de condiciones laborales, comerciales y jurídicas claras han ido erosionando las ambiciones de progreso y marginando a quienes insisten en crecer sin la necesidad de depender del Estado. Y, cuando una sociedad se conforma con muy poco, la democracia se pone en riesgo.

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